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A RAFAEL LÓPEZ ARRAZ, EN BUENOS AIRES

 

29 de abril de 1986

Querido Rafael:

Prestá bien atención a la fecha, porque no sé cuándo te daré este papel. Ahora estás sentado delante de mí, leyendo La Nación de esta mañana. Te aburrís. Te he dicho que estoy escribiendo una carta a tu tía Isabel y te lo has creído y lo mismo te da. De tanto en tanto me mirás por encima del diario y me sonreís como para darme ánimo. Esta noche, como un buen y devoto hijo, te vas a quedar a dormir aquí, porque me viste un poco más pálida que ayer.

Arturo, que es buen tipo aunque vos lo encuentres demodé, se empeña en que yo escriba para entretenerme. Últimamente, he escrito más de lo habitual debido a la imposibilidad de ver personalmente a gente a la que preciso y, muy especialmente, debido a la lacra de nuestro teléfono con oyente incorporado, gracias a los enredos de tu cuñado. Y no es por afán literario que te escribo. Haberme casado bien, tener fortuna y responsabilidades me ha apartado de la frustración de ejercer un arte solitario. Pero tengo mucho que decirte. Sé que no te intereso mucho, que me considerás previsible, reiterativa y aburrida. Un poco, gente de otro tiempo, de una Argentina que para vos es pasado y ni siquiera mito. Sé que, si en este momento, en vez de escribir, hablase, cambiarías el tema y me invitarías a jugar a la canasta. No te voy a dar el gusto. Me callo pero escribo. Y algún día, no sé cuándo, me vas a leer. No te atreverás a tirar esto al canasto. Porque te voy a hablar de vos, de tus treinta y seis años de vida vistos por mí, interpretados por mí y contados por mí. Me va a llevar tiempo, claro, pero vale la pena. Será que me estoy poniendo vieja o que tengo miedo de morirme; en todo caso, quiero darme el gusto de hacerte el sermón completo, sin cortes publicitarios ni censura. Y mientras me entretengo, diría Arturo.
¿Por dónde empezar? Por el hecho más elemental: tu vida y tu manera de ser me han defraudado, me siguen defraudando cada vez que te miro y me defraudarán hasta el final de mis tiempos si no cambiás. Me dirás: soy como me hicieron, soy como me hiciste. ¿Tanto me equivoqué? ¿Tanto se equivocó tu padre? ¿Tanto se equivocó la Argentina en la que te criaste y creciste?
A qué viene todo esto ahora, te preguntarás. Es que estamos metidos en un lío denso, grave, y parece que soy yo la única que lo ve. No somos una familia cualquiera. A lo largo de nuestra historia, tanto la familia de tu padre como la mía conquistaron grandes derechos y asumieron también grandes obligaciones. Y en esta hora difícil, ustedes, mis hijos, y más vos que tu hermana, por hombre y por mayor, miran para otro lado, se hacen los avestruces, regalan los derechos con tal de renunciar a sus obligaciones. ¿De qué sangre son? ¿Y qué piensan ser mañana, cuando por cobardes pierdan todo, hasta la nacionalidad? Esa actitud no la aprendieron ni de mí ni de su padre. ¿De dónde entonces ese escepticismo, ese laissez faire inaguantable, esa frivolidad? Lo escribo y no lo creo. ¿Es a un hijo mío a quien tengo que decirle esto? Estoy entre la rabia y la desolación, y vos ahí leyendo el diario, y ahí que me sonreís de nuevo. Rafael, me desesperás.
 
 

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A TOMÁS MAREL LÓPEZ, EN CHUBUT

 

Buenos Aires, 30 de abril de 1986

Queridito Tomás:

Me encantaron los dibujos que me enviaste. La nave espacial cerca del galpón de esquila y las ovejas con escafandra son una maravilla. El dibujo de Rambo incendiando la estancia y con los malos carbonizados y desparramados por todos lados me gustó menos. De todos modos, hemos colocado los dos junto a mi cama, para que yo pueda verlos. Todos los que vienen a visitarme admiran tu talento y me felicitan. Y yo, por supuesto, me siento orgullosísima de mi nieto.

¡Cómo te envidio por estar en el campo! Cuando era chiquita como vos, lo que más me gustaba era salir a corretear por ahí bien temprano, después del desayuno. Mi caballo preferido era Limón. Lo llamábamos así porque tenía el pelo casi amarillo. Era un poco matungo el pobre, pero mansísimo, y con él me animaba a llegar hasta el río, ahí donde están las rocas coloradas. A veces venía conmigo mi hermana Isabel. Yo prefería ir sola. Isabel era más miedosa.

¿Es cierto que te aburrís mucho con Mr. Figwill? A mí me parece un hombre buenísimo. Claro que estarías mejor si volvieras a Buenos Aires al Champagnat. Recuperarías algo que sin duda te falta: tus amigos. Yo sé que estás muy solito ahí y que la nueva escuela no se abrirá hasta el año que viene. Tenés que tener paciencia, porque Mamá no puede vivir ahora en Buenos Aires. ¡Ojalá yo me ponga bien pronto y pueda ir para allá! Haremos muchos paseos juntos y te contaré esas historias de la familia que tanto te gustan.

¿Sabés de qué me acordaba ayer? De los camisones de hilo blanco muy largos, que usaba en verano cuando tenía tu edad y dormía en el mismo cuarto en que dormís vos. De noche dejaba la ventana abierta y a veces el viento se levantaba y entraban en mi cuarto, volando a toda velocidad, ramas, trozos de arbustos y una vez, hasta una plantita con sus raíces.

Ya pronto, en esa misma ventana, tendrás nieve. ¿Te gusta el campo cuando se cubre de blanco? Es un poco triste, ¿no? La tierra está dormidita y faltan unos meses para que vuelva a despertar. En septiembre, cuando veas la primera florcita, cortala y ponela a secar entre las hojas de un libro. Cuando esté seca, pegala con cuidado sobre una hoja y escribí debajo "Primavera de 1986, primera flor de mis campos del Sur". Yo hacía eso todos los años hasta que me casé, y después le enseñé a tu mamá y a Tío Rafael. Cuando vengas te voy a mostrar los álbumes de mi madre y de mi abuela, que fue quien empezó la colección, y podrás comprobar que desde hace cien primaveras estamos allí. ¿No te parece maravilloso? ¿No te dan ganas de quedarte allí para siempre, esperando todas las primaveras esa primera flor que jamás es del mismo color?

Te extraño muchísimo y te mando un beso muy grande. Mi saludo cariñoso a Mr. Figwill y a su familia. Decile que la torta galesa que hizo Millie para mí era riquísima.

 

Mamita María

 

P.S. Tío Rafael me dice que los videocassettes que le encargaste llegan de los Estados Unidos la semana que viene y que apenas los saque de la aduana, te los envía. Besos.

 
 

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A RAFAEL LOPEZ ARRAZ, EN BUENOS AIRES
 

16-8-86

 

Mucho me temo que sin querer te haga testigo involuntario de las tinieblas y las miserias que me rodean los últimos días. Has hablado con Gillian, lo sé, y éste, a pesar de mis órdenes, algo te ha susurrado. Te fingís ignorante, me finjo ignorante y el fantasma convive con nosotros sin que ninguno de los dos quiebre el pacto no formulado de silencio. ¿Por qué somos tan tramposos, Rafael? A mí me hubiera gustado que no supieras nada, pero sé que sabés y sin embargo prefiero no hablar. Quizá también hubieras preferido no saber; y sabiendo (esta es mi intriga), ¿preferirías hablar? O más bien te acomodás a mi deseo de ser la única informada, la que controla los datos disponibles, la que se las arregla sola frente a su posible mal. Tenemos un extraño modo de funcionar, nosotros dos. Con Lilita es diferente. Ella sospecha y muestra su inquietud. Aún antes de mi internación llamaba dos veces por día, ansiosa, preocupada. Ahora sigue igual: sospecha pero no sabe. Si supiera, ya estaría aquí, llorando su mar de lágrimas, creyendo que ya me muero. En verdad, te digo, no sé si me voy a morir. No está dentro de mis planes.

Dejo. Aquí llega Arturo. Me mira con ojos suplicantes, se lo ve despavorido. Él sí habló con Gillian. Y Gillian no le ahorró detalles, es obvio. Luego sigo.

Arturo estuvo sólo una hora. No soportó más. Habló todo el tiempo de su libro sobre Balzac y la novela negra, intentó calmarme cuando yo no estaba nerviosa, y logró ponerme nerviosa cuando él se calmó con su propio discurso acerca de las buenas soluciones que traerá Correa en su maletín. Se despidió con un bostezo asegurando que era hora de que me durmiera. Un encanto de hombre, ideal para compartir este momento.

Continúo contigo, pues. No tengo sueño. ¿Dialogamos? No, no voy a creer semejante disparate. Esto sigue siendo un monólogo. Un monólogo que cada vez me pesa más, que cada día se instala en un vacío más grande. ¿Qué pasa, Rafael, que no hablamos? ¿Qué sucederá, si realmente hay una cura y recupero totalmente mi salud? ¿Cómo quedarán estos días entre nosotros? ¿Como un miedo que pasó, como un fantasma que se esfumó? ¿Miedo a qué? ¿Estoy tan adentro tuyo que no soportás la idea de perderme? Ya perdiste a tu padre, y no estoy segura de que hayas superado su muerte. ¿O me odiás tanto que temés ver por fin cumplido tu deseo de que desaparezca? ¿Qué sentís, Rafael, detrás de esa amabilidad, detrás de esa cortesía? Te temblaban las manos ayer cuando me serviste café y hablábamos de la entrevista que Correa tendrá tal vez con el general Walker, y no mencionábamos su visita al Centro Médico. Solo en tu departamento, ¿has lagrimeado pensando en que vas a quedar totalmente solo si me llega la hora? Quiero saber si podés llorar, si te animas a llorar, si sos capaz de decir: ¡No quiero que te mueras, mamá! ¿Es eso? ¿Es que tenés tanto dolor adentro que no podés más? Yo, hijito, no te comprendo, pero sé llorar a gritos cuando me duele de veras, y reírme hasta que se me caigan los dientes. ¡Cómo has sufrido, Rafael! Siempre. ¿Por qué?

Si esta vuelta las cosas vienen mal, te prometo que reventamos juntos y lloramos hasta que un arroyo corra por Rodríguez Peña. ¿Sabés qué se me acaba de ocurrir? Que me gustaría estar en el campo, con vos, y Lilita y Tomas, y prender la chimenea grande y esperar las primeras luces de la mañana tomando mucho té con miel, a un costado de la ventana fría con escarcha, oyendo la música del viento, y a una oveja que se perdió y que nos juramos ir a buscar cuando el sol esté alto. El sol alto, los arbustos desnudos, un poco de nieve, tenemos los ojos bien abiertos, no hemos dormido pero estamos bien despabilados, nos traen los caballos. ¿Podré montar, Rafael, o estaré débil aún mucho tiempo? Si Dios me otorga larga vida, escribiré un tratado sobre lo dicho y lo no dicho en las relaciones familiares. Pero antes te daré estos papeles. O no. ¿Y si puedo hablar? ¿Y si ahora me escuchases? Hoy volviste a tu departamento. Lástima. Era una buena noche, hijito.

 
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